Oso Pardo en La Pernía, Palencia

He viajado desde México tratando de buscar la suerte que se me arrebató dos años antes, durante los cuales me pasé muchas horas por los bosques de La Pernía, zona de la montaña Palentina, disfrutando de su entorno y esperando el momento de tener un encuentro con el oso pardo. Se me había advertido que era muy peligroso, y la gente se extrañaba de que me adentrara en los bosques completamente desarmado.

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Cría de Oso Pardo, tomada en los terrenos de La Pernía, Palencia por José L

Relatos de La Pernía sobre el Oso Pardo

Los primeros relatos los recibí en La Campa, un lugar de encuentro entre todos los pernianos, donde se juega a las cartas (la brisca, el tute, el subastao), mientras se toma una caña (cerveza sin embotellar) o un buen vaso de vino acompañado de alguna tapa (bocadillo presentado en el mostrador).

Lo más impresionante cuentan algunos: “De lo que te tienes que cuidar es de que se pare en dos patas, aumenta su volumen enormemente y es una señal de que el animal está molesto”.

En el mes de mayo del 2004 un conocido del Pueblo de Lebanza, uno de los 12 de que se compone La Pernía, fue a recoger hongos como lo había hecho todos los años por esa época. De pronto vio al oso a una distancia de 20 metros, cuando recobró el conocimiento estaba tendido en el suelo con una rodilla rota y terminó en el hospital, primero de Cervera de Pisuerga y luego de Carrión. Fue…..me dijo mientras mostraba la alteración producida por los recuerdos, un momento de esos que parecen nunca acabar.

Biología y costumbres del Oso Pardo en la región

Por lo general el oso no ataca, pero se defiende cuando es atacado, perseguido o acosado.

El oso pardo es el animal terrestre, nativo de esta región, más poderoso. Pesa hasta 100 kg., mide un metro de altura por dos de largo y puede llegar a vivir hasta 45 años.

El color del pelaje varía de acuerdo a las diferentes etapas del año, y va desde negro hasta marrón, amarillo o gris. Cuando empiezan los calores del verano, allá por el mes de julio, lo muda completamente.

De los 80 osos que quedan en España, 20 deambulan por los bosques de hayas, robles y abedules del norte de Castilla y León alimentándose de bellotas, setas, huevos, hayucos, miel, avellanas, carroñas, insectos y aves.

Cuando llega la época de celo, que coincide con el verano, los machos vagabundean y empiezan a marcar su territorio en el bosque. A más de metro y medio del suelo muchos árboles muestran señales de arañazos, mordiscos y descortezamiento, que los osos utilizan para avisar a los otros machos de que ese territorio ya tiene dueño. También se frotan contra las cortezas, para dejar su olor impregnado.

A veces se enfrascan en crueles y feroces combates por conquistar a la hembra. Una vez que lo consiguen vivirán con ella por un tiempo, sestearán y jugarán juntos para luego separarse y continuar su vida solitaria.

En enero y febrero, y al cabo de mes y medio de gestación, nacen las crías en plena hibernación de la madre. En la “Casa del Oso” de Verdeña, pueblo de las montañas palentinas, puede verse este momento tan tierno muy bien presentado.

Las camadas suelen ser de tres crías y la osa repetirá el ciclo cada tres años. Las crías nacen casi calvas, ciegas y sin dientes, pesando apenas medio kilo. A finales de la primavera los oseznos abandonan la osera pero no se separarán de la madre hasta los dos años de edad.

Un encuentro con un Oso Pardo

Un momento importante de mi vida fue, después de mucho caminar por bosques y montañas, el encuentro con el oso pardo.

Son las 5 de la tarde. No sabiendo qué hacer en lo que resta del día, me decido a dar una última vuelta por las inmediaciones de Tremaya. Es una caminata que he repetido muchas veces desde niño.

El bosque, en esta época del año, ha ido perdiendo el ropaje de sus hojas, que han ido transformándose en una gama infinita de amarillos y anaranjados. El suelo se ha cubierto de un manto esponjoso que a cada rato me delata ante los demás animales por el sonido que, sin querer, produzco con cada paso.

A fin de hacer el menor ruido posible voy caminando sobre el piso húmedo de un pequeño arroyo. De vez en cuando me paro a escuchar, imitando así una conducta de la cual depende la supervivencia de muchos de los animales.. No espero encontrarme ni un mosquito. La subida es tan pendiente que me obliga a duplicar los descansos para esperar a que se regule mi ritmo cardíaco.

Llevo 30 minutos caminando y de pronto siento escuchar algo, dirijo la mirada hacia ese lugar y sólo llego a notar una bola negra que desaparece en milésimas de segundo. Me quedo parado creyendo haber percibido algún espejismo como tantas veces me ha sucedido.

Recuerdo cuando vi, con toda claridad, un venado con sus cuernos perpendiculares mirándome de frente, para percatarme luego, al acercarlo con el zoom de la cámara, que se trataba de dos palos inexplicablemente colocados; o cuando contemplé un jabalí echado con su rabo entre las patas que solo era un capricho más de la naturaleza.

Sigo mirando hacia el lugar desde donde creo haber escuchado algo y tras unas ramas de haya va apareciendo una tremenda cabeza con dos pequeñas orejas redondeadas que me mira de soslayo. Me quedo inmóvil fascinado por haber encontrado lo que siempre deseé, el Oso Pardo.

Lo veo tras el visor de la cámara. Empiezo a filmar y de vez en cuando levanto un poco la cabeza para verlo con los dos ojos. Me parece una escena irreal. Nunca había contemplado un animal de esas dimensiones en el bosque.

El oso se mueve hacia su derecha, siempre escondido tras la vegetación. No deja de mirarme. Sabe que estoy ahí. Mi emoción va en aumento. El oso se pone frente a mi tras un haya y solo puedo ver sus orejas que se asoman por ambos lados del tronco.

Comienza un juego que no logro entender. Hecha una carrera corta, frena y continúa su travieso comportamiento. Luego corre velozmente, y cuando creo haberlo perdido para siempre de pronto aparece de nuevo en la escena. Se para y da tres pasos de frente hacia mi.

Es en este momento cuando paso de la alegría al miedo, miro alrededor por ver si hay algún árbol de haya cercano donde protegerme en caso de peligro. El oso levanta la nariz, me huele, quizás me confunde dado que yo no hago ningún movimiento, se agacha a recoger unos hayucos, emprende otra carrera, y tan rápidamente como apareció se pierde tras un montículo, esta vez para no regresar.

Dejo de filmar y, sin moverme de donde estoy, percibo dos sentimientos contrarios: desilusión por haberse acabado la danza y una alegría inmensa por haber vivido un rato de armonía con un universo de acciones indescriptibles que se nos está escapando.

Me regreso a casa y no puedo olvidar el momento. Enciendo la televisión, conecto la cámara y veo con más calma lo que me pareció ser un instante.

Mi encuentro con el oso pardo había durado 3 minutos.

Artículo de José L. Estalayo, si queréis descubrir mar de esta preciosa región visita en Facebook: fuentescarrionasyfuentecobre